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La guía final para manejar tus emociones



Imagínate que estás sentado en un automóvil y conduces por una carretera solitaria. De repente, en medio de la nada, se prende una luz de advertencia. La presión de aceite es muy baja. Si simplemente lo ignoras y continúas conduciendo, corres el riesgo de dañar gravemente tu motor. Sabes que puedes conseguir un remolque, pero esto llevará un tiempo.


Mientras estás considerando tu próximo paso, de repente recuerdas un truco sobre cómo puedes hacer desaparecer la luz de advertencia. Esto no cambiaría nada sobre el motor, todavía estaría necesitando aceite, pero la señal de baja presión ya no estaría parpadeando en tu tablero, y podrías ignorarla más fácilmente. Aquí está la pregunta: ¿Deberías hacerlo?

A menos que estés súper ebrio (momento en el que no deberías conducir para nada), no dudarás en decir "no" a ese impulso. Y con justa razón, pues apagar la luz no te servirá de nada. La luz es solo el mensajero, y no el problema en sí mismo. En su lugar, sería mejor que asimilaras la información y te ocuparas de la situación.


Esto es fácil e intuitivo de entender cuando se trata de problemas externos como el mantenimiento de tu carro. Sin embargo, es mucho más confuso cuando los problemas ocurren internamente. Cuando nos enfrentamos a emociones difíciles como ansiedad, depresión, estrés, dolor, ira o soledad, buscamos rápidamente el botón de apagado en nuestro tablero emocional en lugar de asimilar los mensajes que contienen.

¡Hazlo parar! Dame el vino y los cigarrillos. Déjame cancelar esta cita. Interactúa conmigo en las redes sociales. Enséñame las películas y los videojuegos. Haz lo que sea, ¡pero haz que se detenga!

Esta es a menudo nuestra primera respuesta cuando aparecen emociones difíciles: tratamos de silenciar la señal.


Pero las emociones no son el problema. Son meros mensajeros. Y los mensajes que transmiten merecen al menos ser escuchados. A menudo contienen lecciones importantes y pueden llamarnos a acciones útiles. A menudo nos muestran oportunidades.

El miedo puede mostrarnos que el peligro está más adelante, y es mejor que nos preparemos. La soledad puede impulsarnos a priorizar las relaciones cercanas. El dolor puede abrirnos a lo que es importante y significativo para nosotros, al mismo tiempo que pide apoyo y conexión social.

Cuando surgen emociones, puedes preguntarte: "¿Qué estoy sintiendo ahora?", "¿Dónde puedo sentirlo?", "¿Qué me pide mi emoción que haga?". Preguntas como estas ayudan a que nuestras emociones desempeñen el papel que les corresponde.


Ya de por sí es suficientemente malo ignorar las emociones negativas, pero somos igualmente incompetentes cuando se trata de emociones positivas. Imagínate notar en el tablero de tu auto que el tanque de gasolina está lleno. ¡Qué Alegría! Quieres que permanezca de esta manera, por lo que decides volver alterar el tablero para que el medidor siempre permanezca lleno.

¡Y es que la gente también evita las emociones positivas! Cuando sentimos alegría, nos enfocamos en cómo nos sentiremos cuando se vaya, por lo que intentamos no abrirnos nunca a la alegría. Eso sería como la persona que simplemente desconecta el indicador de combustible por completo para que nunca se decepcione cuando se acabe el combustible porque nunca se permitió notar que estaba lleno en primer lugar.

Todo esto es contraproducente y, sin embargo, es exactamente lo que muchos de nosotros hacemos cuando nos sentimos felices, tristes, ansiosos, esperanzados, deprimidos o satisfechos.


Nos gusta sentirnos así y no queremos que se detenga nunca, así que nos aferramos a este sentimiento agradable, con la esperanza de no perderlo nunca. O desintonizamos para que no se note cuando se detiene, como si el entumecimiento fuera la definición de felicidad. No nos gusta sentirnos así, así que lo rechazamos como si los sentimientos fueran el enemigo.

Los sentimientos no se tratan solo de agrado y desagrado. Son la forma en que nuestro pasado y presente nos impactan. Ayudan a entrenar nuestra capacidad para notar lo que está presente, en función de lo que hemos experimentado en el pasado. Son como indicadores de tablero que nos ayudan a adaptarnos a los desafíos de nuestro viaje de vida.


Las emociones son temporales. No están destinadas a ser evitadas, ni tampoco a aferrarnos a ellas. Están destinadas a ir y venir, fluyendo a través de ti a tu propio ritmo. Contienen lecciones importantes cuando las cosas van mal y bonitas recompensas cuando las cosas encajan. Permitir que las emociones estén ahí cuando ocurren, escuchar atentamente su mensaje, sentirlas plenamente sin apego ni defensa innecesaria, te permite cumplir su papel adecuado.


Tus emociones no son el problema, así que siéntete plenamente, acepta el cambio, sigue adelante y aprende a conducir.

Pao.

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