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Conociendo un poco sobre el Amor Incondicional


A lo largo de nuestra existencia anhelamos amarnos más profundamente y sentirnos vinculados con los demás. Pero a menudo, y por el contrario, nos aislamos, experimentamos un temor a la intimidad y padecemos una desconcertante sensación de separación. Ansiamos amar y, sin embargo, permanecemos solitarias. Entonces ¿Cuál es el modo de salir de esta situación?. Es la práctica espiritual, desarraigando nuestras mitologías personales de aislamiento, pone al descubierto el corazón resplandeciente y jubiloso que hay dentro de cada uno de nosotras y manifiesta esa irradiación al mundo. En ocasiones realizamos todo un desplazamiento —físico, mental o emocional— cuando, de hecho, bastaría con que simplemente nos sentásemos para hallar el amor y la felicidad que ansiamos. Puesto que, pasamos la vida buscando algo de lo que creemos carecer, algo que nos haga felices. Pero, la clave de la felicidad más honda radica en dirigir la mirada hacia otro lugar.


¿Cómo hallar la felicidad?

La felicidad corriente procede de la experiencia del placer, de la satisfacción momentánea de conseguir lo que deseábamos. Tal felicidad es como el apaciguamiento fugaz de un niño descontento e insaciable. Buscamos el consuelo de una distracción momentánea y nos sentimos trastornados cuando cambia. Tengo un amigo que es cuatro años mayor que yo. Cuando se sientes frustrado o no consigue lo que desea, resuenan sus gritos por todo el pasillo de la casa: «¡Ya nadie me quiere!». Los adultos experimentamos a menudo lo mismo: cuando no logramos lo que queremos —o cuando lo conseguimos y cambia pronto— sentimos que hemos perdido todo el amor del universo. Como en el caso del amigo cuatro años mayor, nuestros juicios e interpretaciones nos privan de la claridad de visión. Pese a nuestras protestas, la vida es justamente como es. Para todos nosotros existe una sucesión constante de experiencias agradables y dolorosas. La felicidad convencional y pasajera porta una sutil corriente soterrada no sólo de soledad sino también de miedo. Cuando las cosas van bien, cuando experimentamos placer y conseguimos lo que deseamos, nos sentimos impulsados a defender nuestra felicidad porque nos parece frágil e inestable. Como si requiriese de una protección constante, rechazamos la posibilidad misma del sufrimiento, evitamos abordarlo en nosotros mismos y en otros porque tememos que socavará o destruirá nuestra buena fortuna. Así, con el fin de retener nuestro placer, nos negamos a reconocer la humanidad del ser sin hogar que vemos en la calle. Decidimos que la aflicción de otros carece de relevancia en nuestra vida. Podemos buscar lo que sea estable, inmutable y seguro, pero la conciencia nos enseña que semejante búsqueda no tendrá éxito. Todo cambia en la vida. El camino hacia la verdadera felicidad consiste en integrar y aceptar plenamente todos los aspectos de la experiencia.


Sentimentalismo como falacia de amor

El sentimentalismo, el otro sentimiento que se disfraza de amor, es realmente un aliado del engaño. No podemos ver las aristas cortantes, los puntos conflictivos o los defectos. Todo se presenta maravilloso. El dolor resulta insoportable para el sentimentalismo y, en consecuencia, lo rechaza. Nuestra visión se torna muy angosta cuando necesitamos que las cosas sean de una cierta manera y no podemos aceptarlas tal como realmente son. El rechazo opera casi como una especie de narcótico, y, en consecuencia, prescindimos de partes vitales de nuestra existencia. Nos lleva a marginarnos de nuestra propia vida y nos sentimos además muy distanciados de otros seres vivos. Al perder el contacto con nuestra vida interior, nos tornamos dependientes de los vientos mudables del cambio externo para conseguir un sentido de quiénes somos, de lo que nos interesa y lo que valoramos. El miedo al dolor del que intentamos escapar se convierte, de hecho, en nuestra constante compañía. La espiritualidad basada en el odio a uno mismo jamás podrá subsistir. La generosidad emanada del odio hacia uno mismo se torna martirio. La moralidad surgida del odio hacia la propia persona se transforma en represión rígida. El amor a otros sin la base del amor a nosotros mismos determina una pérdida de demarcaciones, una codependencia y una búsqueda dolorosa y estéril de intimidad. Pero cuando, a través de la meditación, establecemos contacto con nuestra auténtica naturaleza, podemos permitir que otros encuentren también la suya. Porque, nos conectamos con nosotros mismos, con nuestros deseos, emociones y

pensamientos. Somos capaces de entender que el dolor es parte de nuestro viaje y que el dolor de otros tambièn lo es. Aceptamos eso y apoyamos a quienes nos lo pidan, porque es parte de este viaje en el que nos encontramos todos.


Impedimentos para el amor incondicional

El deseo —el aferramiento, la codicia, el apego— es un estado mental que define lo que creemos necesitar para ser felices. Proyectamos todos nuestros sueños y esperanzas de realizarnos en algún objeto que reclama nuestra atención. Éste puede ser una determinada actividad, un resultado, una cosa o una persona específica. Engañados por nuestra ilusión fugaz, contemplamos el mundo con visión de túnel. Ese objeto, y sólo ése, nos hará felices ¿Quién no se ha sentido alguna vez embelesado por una idea o una persona, y dos o seis meses o un año más tarde no se ha dicho: «Y todo aquello por eso»?.

Explorar el deseo es explorar la pregunta: «¿Qué es lo que realmente pretendo y necesito para ser feliz?». Los sentimientos de deseo son completamente naturales, pero cuando los atendemos para hallar la felicidad, hemos de ser conscientes de sus peligros potenciales. En el esfuerzo por hacer realidad un deseo, es posible que hieras a alguien o a ti mismo. Puedes tornarte dependiente de la posesión de ciertos objetos de tu deseo y de que subsistan exactamente tal como son. Es muy posible que creas que la satisfacción de un deseo te proporcione algo que en realidad no te dará ni puede darte. Como resultado del deseo, puedes perder también tu vinculación con otros. Compites por la felicidad como si pudiera concretarse en un objeto, una persona o una experiencia limitada. Defines al objeto de tu deseo como de oferta muy reducida, y a tu felicidad como enteramente dependiente de conseguirlo. Sientes resentimiento hacia personas o cosas que parecen estorbar el cumplimiento de ese deseo. Te adviertes envidioso y celoso. Éstos son en realidad unos sentimientos muy marginadores.


En el apego sólo parecen existir el objeto que deseo y yo misma. Y lamentablemente, hacemos lo mismo con las personas. Cuando nos concebimos como poseedores de otras personas, pueden ser especialmente intensos el deseo de controlarlos y la subsiguiente impresión de traición. Tendemos a observarlos atenta y continuamente para ver lo que harán de inmediato. Esta vigilancia emanada de la ansiedad crea una tensión considerable. Si creemos poseer a alguien, si lo «tenemos», planteamos un «yo» y «él». En sí misma, esta postura es una fuente de separación. Abrimos realmente una grieta entre poseedor y poseído. Cuanto más adviertas la separación entre tú y él, más te esforzarás por controlarlo. Te preocuparás más de tu capacidad para retenerlo que de disfrutar de su contacto. ¿Qué es lo que requerimos para ser felices? ¿Realmente necesitamos que el mundo nos diga lo que tenemos que hacer?


La fuerza de la ira como motivación

La mayoría de las investigaciones psicológicas contemporáneas indican que la manifestación frecuente de la ira facilita su expresión y acaba por convertirse en hábito. Muchas personas suponen que llevamos dentro una cierta dosis de ira y que, si no deseamos que siga allí, hemos de expulsarla; de alguna manera, una vez arrojada, ya no estará dentro. La ira es una emoción muy compleja, constituida por muchos elementos diferentes. Existen componentes entrelazados de decepción, miedo y tristeza. Si se considera el conjunto de las emociones y de los pensamientos, la ira se presenta como algo sólido. Pero si la desintegramos y examinamos sus diversos aspectos, cabe advertir la naturaleza esencial de esta experiencia. Si atendemos a la fuerza de la ira, es de hecho posible descubrir muchos aspectos positivos. No se trata de un estado pasivo y complaciente. Posee una energía increíble. La ira es capaz de empujarnos a prescindir de una conducta tal vez inadecuadamente definida por las necesidades de otros; y de enseñarnos a decir no. De este modo sirve también a nuestra integridad, porque la ira puede motivarnos para desoír las demandas del mundo exterior y atender a la voz emanada de nuestro mundo interior.


Abrir el corazón

Sólo nos sentimos separadas del mundo por culpa de nuestros conceptos. Nos hallamos aisladas por ideas de imperfección, ideas de peligro, ideas de soledad e ideas de rechazo. Aunque seamos capaces de enfrentarnos a dificultades exteriores, nuestros pensamientos pueden magnificarlas o incluso crearlas, induciéndonos a un engaño aún más hondo. Cuando nos abrimos, descubrimos la capacidad inherente de la mente para curar, crecer y cambiar. Permaneciendo inmóviles, advertimos el poder de la mente, que es la fuerza de nuestra propia capacidad para amar y conectar. El amor verdadero constituye la visión auténtica de nuestra unidad, de nuestra entereza. Cuando descubrimos esta capacidad de amar, desarrollamos una intimidad con nosotros mismos y con los demás. Logramos la fortaleza y la misericordia para vivir con integridad y, un día, para morir en paz. Tu libertad para amar procede del descubrimiento de que puedes vivir sin los conceptos de yo y el otro. La alegría de este hallazgo es incomparablemente mayor que la que muchos hayamos conocido antes o incluso imaginado, puesto que tanto cambia toda nuestra percepción de la vida.


El poder de la generosidad

La generosidad posee tal poder porque se halla caracterizada por la cualidad interna de renunciar o ceder. Lograr abandonar, dejar, renunciar, dar generosamente, son capacidades que proceden de la misma fuente dentro de nosotros. Cuando practicamos la generosidad, nos abrimos simultáneamente a todas esas cualidades liberadoras. Nos transmiten un conocimiento profundo de la libertad, y son también la expresión cariñosa de ese mismo estado de libertad. Los beneficios de la generosidad son en consecuencia muy poderosos. Cuando la cultivas, tu corazón deja de aferrarse a las cosas. Es como si durante largo tiempo tu mano se hubiese cerrado en un puño y lentamente se abriera. Experimentas alivio y felicidad al relajar el puño. Cuando la impresión de generosidad baña la mente, ésta pasa de una sensación de confinamiento y limitación herméticos a otra de existencia en un espacio infinito. Nuestro mundo se abre porque somos capaces de renunciar a las cosas. Podemos ceder y ya no sentimos miedo. No estamos obligados a retener. La generosidad se alía con un sentimiento interior de abundancia, la impresión de que tenemos bastante que compartir.


Estos puntos son algunas ideas que nos permitirán sentir verdaderamente amor por el único ser que jamás nos dejará: nosotras mismas. Por eso, te animo a ponerlos en práctica y experimentar tu propio desarrollo espiritual. Ya nos leemos en un próximo blog.

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